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La «Riviera Maya»: subdesarrollo en el paraíso

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CANCÚN, QUINTANA ROO.- Cancún es una ciudad hecha para el turismo, la conocida Riviera Maya es un despliegue de opciones de entretenimiento. Todo cabe en este puerto mexicano que abre la puerta al Caribe. Pero este sitio no se propone conectarnos a la naturaleza, se propone en todo caso recrearla y nos la ofrece como atractivo.

Como dice el promocional de un hotel cualquiera: “The Grand Bliss Riviera Maya combina el lujo moderno con hermosas maravillas naturales para brindarle a los huéspedes la oportunidad de experimentar la belleza de la selva yucateca en un confort total”.

Cancún es la utopía de algunos, es también una representación de nuestro tiempo. Los complejos hoteleros se yerguen como templos de ocio, grandes estructuras arquitectónicas que se convierten en ciudades, que hacen pensar que todo es posible. Temptetion Cancun Resort es para turistas que buscan la deliciosa experiencia de andar en pelotas en la alberca, Nickelodeon Resort un all inclusive temática Bob Esponja en el caribe. Hay paraísos para todos los gustos.

Por todos lados se anuncia Xcaret, una de las atracciones más famosas de la Riviera Maya. Hay extranjeros que piensan que este sitio de esparcimiento de 140 hectáreas es un pueblo -y tienen razón- pero es un pueblo inventado (¿verdad que todos los pueblos son un invento?). Este lo inventó Miguel Quintana Pali, un empresario mexicano.

La fundación de este lugar es tan mítica como quiera Quintana Pali, el empresario dedicado a la venta de muebles y artículos decorativos adquirió un terreno supuestamente con la idea de construir su casa de campo, pero al empezar la construcción encontró ríos subterráneos y cenotes, así que “decidió entonces crear un parque natural para que todos tuvieran acceso a las bellezas naturales de la región”, según cuenta Xcaret en su página oficial. El lugar se convirtió en un centro de “atracciones naturales y culturales”.

La verdad es que y “que todos tuvieran acceso” es una falacia, el negocio de Quintana Pali es justamente cobrar el acceso a su pueblo inventado. El costo por un día es de 2300 pesos por persona, el boleto más sencillo Xcaret es el ejemplo de cómo los lugares se convierten en marcas.

Xcaret es tan grande que es necesario orientarse a través de un mapa, la experiencia del lugar inicia naturalmente con una tienda de souvenirs; poderosa la idea de que México es un país de artesanos: ollas, cestos, tejidos, barro, piedras talladas, vidrios soplados, obviamente sombreros; incluso “hecho por manos mexicanas” completa la idea. El mexicano es un borracho que descansa bajo un cactus, arropado por un zarape, como el retratado en un caballito tequilero.

Hay algunos animales dispuestos para dar la bienvenida a los visitantes: guacamayas y flamingos. La sujeción de la naturaleza como mercancía turística se presenta en todo el parque. Por un pago extra puedes nadar con delfines y mantarrayas, hay una isla con un puma y un jaguar hiperactivo. Hay un aviario, un mariposario y un estero donde los visitantes hacen esnórquel -haciendo un pago extra- para verse las nalgas entre ellos y buscar pececillos de colores.

El sitio no es mas que la concatenación de diversos recuadros, dispuestos para que los visitantes se tomen fotografías en todo el pueblo. La experiencia gráfica es primoridal para el turista. Xcaret previene a los visitante de los sitios ideales para tomarse fotografías. “Mira, aquí toca foto”, dice una turista antes de fotografiarse en una hamaca gigante frente al Caribe.

La primera parada del parque es un río inventado. Es básicamente una entrada artificial del mar, un cenote estropeado. Con chalecos salvavidas uno se sumerge en un río sin corriente, no se necesita saber nadar para echarse un chapuzón. La gente se interna en el “Río Maya”, se sujetan de las cuerdas para ayudarse a avanzar.

Se destruye la naturaleza para recrearla, la ficción es extrema. Se nada con la seguridad de que el agua permanecerá cerca de los 24 grados, como advierten los letreros de la entrada al circuito acuático. El cauce fue hecho por maquinaria, se navega entre arañazos de perforadora, como las que se utilizan en la minería. Es un río infecundo, sin corrientes, cuya única salida es una tienda de snaks y cerveza Corona.

Xcaret es un pueblo donde nadie se queda a dormir, pero intenta hacernos creer que esta vivo, que contiene lo esencial: se recreó un “panteón mexicano” (parece inspiración de la película de Coco). No es un panteón real, es decir, no hay muertos. Solo están las coloridas tumbas, se retrata ese cliché de que los mexicanos y la muerte tenemos una relación meliflua. Hay tumbas en forma de piñata, cruces, ángeles, inglesitas y catrinas. Colores pastel, flores, nombres provincianos en las criptas: “Juan Charrasequeado”.

También hay una hacienda henequenera, que remonta “a la época de oro de las haciendas en Yucatán”, según dice Xcaret. ¿Por qué pienso que necesariamente deberían de hablar la esclavitud? Pero no.

También se recreó un “pueblo maya” hay una serie de casas con techo de palma, solo que aquí las casitas más bien son tiendas: se venden pulseras, tejidos en lana, coloridos papeles amate, las piezas de los “maestros artesanos” se venden.

El Pueblo Maya se convierte en un hormiguero con el sonido de los tambores, caracoles y flautines. En el centro de la villa unos hombres con taparrabo, cuerpo pintado y con gritos salvajes empiezan lo que se ofrece como un ritual maya. Con brincos y patadas en le aire, acompañadas con mucho copal se inicia un performance que dura cuarenta minutos. Se hacen brincar plumas y se le sopla al fuego, se baila alrededor de un árbol y se utilizan listones de colores. Aspavientos, soplidos y llamados. Penachos, sonajas y bastones. Coros, mecheros y más plumas. El desfile dura hasta que supuestamente nace el maíz. Más sorprendente que el show, son las reacciones del público: “que chingón es México” (¿qué diablos es México?).

El reto para los trabajadores es que cada día parezca extraordinario, aunque la coreografía se repita toda la semana. Ellos viven atrapados en un loop, les pagan para vivir lo mismo todos los días. En cambio, el visitante viene a sorprenderse, a creerse que todo esto solo sucedió hoy.

Es poco sabido, pero dentro de Xcaret hay unas ruinas arqueológicas de la cultura maya. El Instituto Nacional de Antropología e Historia explica que se desconoce el significado de la palabra Xcaret, pero que este sitio estuvo poblado desde hace dos mil años. El lugar tuvo su importancia comercial, de aquí se embarcaban las canoas hacia Cozumel, Guatemala y Honduras. En el sitio hay algunos basamentos y recámaras. Estas deben ser las únicas ruinas arqueológicas en manos de un parque temático. El acceso está limitado a las personas que paguen el acceso al lugar. Pero no voy a mentir, nadie viene a este parque a ver piedras.

El día cierra con un macroevento, todos corren para no perderse el show más famoso de Xcaret: “México Espectacular”. Se compran palomitas y cerveza por litros en botellones Corona. Se representan 500 años de historia de México, bajo la fórmula del eduentretenimiento; se inicia con un juego de pelota con bolas prendidas de fuego.

Llega Cortés y en una batalla en la que participan caballos se da el “encuentro dos mundos”, donde el conquistador y Cuauhtémoc terminan tocando una sonata con una mandora y una flauta. Una imagen de la Virgen de Guadalupe se proyecta sobre el escenario; conciliadora del conflicto. Este es un parque temático con su buena carga religiosa, cristos y vírgenes participan en el corolario mexicano.

Pareciera que lo único que ha hecho México es no parar de bailar. La ceremonia ritual de los voladores de Papantla -rito de la fertilidad- se convierte en un arte circense. Para cerrar un desfile de banderas de varios países con una canción de Luis Miguel, que dice “así se siente México en la piel”.

A la salida se ofrece a la venta un libro hecho por Quintana Pali, el creador de Xcaret: “Una mirada íntima al genio creativo de una de las mentes más divergentes y comprometidas con el desarrollo de México”, promete el libro.

Xcaret es el parque temático más famoso de la Península, en un día recibe hasta 8 mil personas. Pero este no es el único invento de Quintana Pali, el empresario es constructor de ocho lugares parecidos: Xel-há, Xplor, Xplor Fuego, Xavage, Xochimilco, Xenses y Xibalbá; por le momento clausurado por destruir cenotes y causar daños a la flora y fauna en el municipio de Valladolid.

Cuando inició el proyecto del Tren Maya Quintana Pali vio la oportunidad de crecer sus negocios, propuso construir una estación cerca de sus parques temáticos. El gobierno mexicano analizó la propuesta y rechazó el ofrecimiento. Pali y su pequeño estado le declararon la guerra a López Obrador.

En Quintana Roo hay 1129 hoteles, la gran mayoría aglomerados en la Riviera Maya. El turismo es la tercera fuente de divisas en México, después del petróleo y las remesas.

Pero lo que se encuentra fuera de los hoteles es otro Cancún, una ciudad mal pavimentada. Una urbanización improvisada. Molestos camiones de transporte público, que acarrean a los empleados de los resorts. La ciudad que tiene una multimillonaria derrama económica es incapaz de regar una jardinera, de tapar un bache, de tener transporte público digno.

Es mucha desigualdad, los dólares que gana la ciudad se esfuman en manos de inversionistas y consorcios. Se sabe que son millones, solo la Semana Santa de deja una derrama económica de 20 mil millones de pesos.

Pero apenas hay escuelas para los trabajadores, apenas hay casas para los habitantes de esta ciudad, el mar es un lujo que queda lejos de las colonias populares. Cancún es una de las ciudades más inseguras del país, la primera en delitos sexuales contra mujeres, un paraíso para la prostitución infantil. Como ciudad es un fracaso. El turismo es el principio y destino de este lugar.

El puerto de Cancún fue un paraje remoto hasta los años setenta, impenetrable por sus selvas indómitas. El acceso a tierra solo era posible por mar, el sitio se mantuvo en manos de poblaciones mayas. Durante el porfiriato el gobierno mexicano utilizó estos parajes como centro de reclusión para presos políticos, se ganó el mote “la Siberia mexicana”.

En estas tierras salvajes los presos morían devorados por mosquitos y asolados por el calor tropical. Fue hasta los años setenta que el gobierno mexicano decidió darle una vocación a estas tierras. El gobierno de Luis Echeverría Álvarez, junto con varios banqueros, diseñaron uno de los más ambiciosos centros turísticos del mundo.

Cancún sería el motor de crecimiento en una de las regiones más marginadas del país, Quinta Roo se convertiría en un polo de crecimiento para la península. Solo de 2015 a 2020 llegaron al estado a vivir casi 200 mil personas, la mayoría de ellos de estados más pobres: Tabasco, Chiapas, Veracruz y otras partes de la península.

La ciudad paraíso se hizo realidad, pero el desarrollo de Luis Echeverría quedó en pocas manos. Quintana Roo sigue siendo un estado marginado, fuera de los resorts hay pobreza y a veces parece que cada vez hay más.

Según datos del Coneval (el organismo público encargado de medir la pobreza) del 2018 al 2020 la pobreza aumentó 17.3% en el estado -esto antes de la pandemia-. Fue la entidad del país donde más creció la pobreza.

El proyecto turístico ha crecido tanto que no cabe en Cancún, de a poco los hoteles se han extendido a lugares aledaños; Cozumel, Puerto Morelos, Playa del Carmen, Tulum, Bacalar… Pero si el desarrollo de Cancún fue planeado -al menos al principio- en estos lugares la improvisación se ha impuesto. Nuevas formas de turismo, como Airbnb ganan terreno. El daño ambiental y la mala planeación son distintivos.

Edgar Pacheco Pech trabaja como barrotero en Playa del Carmen, en su único día de descanso nos invita a su casa para platicar. Él viene de Kantemó, una población maya ubicada en el municipio de José María Morelos, la localidad más pobre del estado. El chico de 20 años llegó a la zona turística atraído por la oportunidad de trabajo.

Viajamos de Playa del Carmen a la colonia donde vive Edgar, nos adentramos en una densa colonia, de ese eufemismo llamado “interés social”; casas unas sobre otras, todas por todas partes, espacios que cumplen con lo mínimo, o menos, para ser considerados habitables. Todas son la misma, repetida cientos de veces; así forman una colonia y esa colonia idéntica a otras: una ciudad.

El barrio da la ilusión de tener algo de digno, es nuevo, al menos hay calle, la calle tiene nombre y las casas están numeradas. Todas las casas tienen cochera, casi ningún coche. Hay electricidad, agua, drenaje. Algunas escuelas, un centro de salud, muchos oxxos.

Pero Edgar no es dueño de esta casita donde nos recibe, él y otro compañero de trabajo rentan el lugar por unos 4 mil pesos, como muchos trabajadores de la Riviera Maya. El transporte público es ineficiente, así que los resorts y centros turísticos se encargan de recoger en camiones a sus empleados en estas colonias. “Aquí viaja lo más valioso de nuestra empresa”, dice el letrero de algún camión de transporte. Los empleados visten uniformes pulcros, en muchos casos la ropa de trabajar es la mejor que tienen en su armario.

-¿Cómo te sientes de vivir en este lugar?, se le pregunta.

-La soledad apachurra a uno. En ocasiones he llorado, es parte de crecer. (durante la charla dirá varias veces “es parte de crecer” para contar cómo se enfrenta a situaciones difíciles y me entristece).

La pareja de Edgar, Carla, trabajaba en un hotel de lavaloza, pero lo tuvo que dejar, fregaba platos de tres de la tarde a once de la noche, entonces llegaba a su casa a la una y media de la madrugada. Así que no le quedaba más que unas horas para estar con su bebé. Carla se fue y dejó a Edgar que se siente solo.

Edgar prefiere ser barrotero que trabajar en la milpa en Kantemó, “aquí al menos no te quemas tanto”. Dice que las jornadas en el campo son duras y que apenas le dan para comer. Cuando inició la pandemia Edgar dejó el pueblo y se vino a Playa del Carmen. Se siente afortunado, dice que pronto podrá obtener una plaza y conservar su trabajo, también platica que con suerte puede llegar a ser cantinero del hotel donde trabaja.

La casa es pequeña, la sala está atravesada por una hamaca y un tendedero improvisado, donde se tiende la ropa de trabajo. No hay muebles, algunas sillas de plástico. Es una casa dormitorio, aquí se llega por la noche y se sale en la mañana.

Edgar trabaja para Iberostar, un emporio hotelero de la familia Fluxá. En su portafolio tienen más de cien hoteles en Europa, África y América. En Riviera Maya la marca española tiene inversiones en Cancún, Cozumel y Playa del Carmen.

España es uno de los principales jugadores en el mercado del turismo en la península. Pero la familia Fluxá es de la más influyente, según Forbes Miquel Fluxá es el quinto hombre más rico de España (una fortuna de 3 mil 900 millones de dólares).

Por su parte Edgar gana unos 320 dólares al mes (ni trabajando mil años acumularía lo que su patrón). Entre las prestaciones que le da Iberostar mil pesos en vales de despensa, con lo que ayuda a mantener a su papá y a su abuela en Kantemó. También manda dinero a Carla. Aquí vive contando los pesos, cuando le pregunto si no piensa regresar Edgar responde:

-Aquí vivo cómodo, a pesar de las dificultades. Es parte de crecer.

Pasar una noche como huésped en el hotel que trabaja Edgar cuesta siete mil pesos, en la habitación más sencilla. Edgar lo descubrió hace poco, porque se lo preguntó a unos huéspedes. Le pregunto si él le gustaría pasar una noche ahí, responde:

-Preferiría invertir en nuestra propia casa, tener algo para nosotros. Ese dinero lo que podríamos hacer es mandarlo al pueblo y ya poder construir.

Es curioso, pero Edgar puede practicar el maya en el hotel, varios trabajadores del resort son maya hablantes. Incluso platica que sus compañeros de otros estados (Chiapas y Tabasco) hablan otras lenguas indígenas. Edgar platica que le batalla con el inglés, que le gustaría aprender más, que entiende “algunas cositas”.

-¿Qué te gustaría enseñarle a tu hija, inglés o maya?

-Inglés, le serviría más

La Riviera Maya ha supuesto una contradicción, la marca “maya” vende todo, pero al mismo tiempo avasalla a los habitantes de la región. Arroja a sus poblaciones a la servidumbre o los despoja de sus territorios. En la Riviera Maya los mayas son empleados: de albañiles, de garroteros, como mucamas. No hay mayas dueños de grandes hoteles, si acaso de pequeñas cooperativas turísticas.

Edgar platica que antes de la pandemia estudiaba turismo, que le hubiera gustado llevar a Kantemó algunas ideas que aprendió en la escuela. Pero que llegó el bicho, que su hija creció, que las necesidades apremian; el Caribe le llamó, Iberostar le dio su lugar.

Curiosamente el papá de Edgar se dedica, junto con varios cooperativistas de Kantemó, al turismo espeleológico. Cada atardecer agrupan a algunos turistas para llevarlos a una cueva del ejido. En el lugar viven miles de murciélagos, con la llegada de la noche estos mamíferos se arremolinan en la boca de la cueva para salir a comer. Las víboras se dan cita también, se cuelgan del techo y aprovechan la salida de sus presas para cazarlas.

Los humanos somos los únicos animales con esa curiosidad, viajamos cientos de kilómetros para asistir a una muerte que no es de nuestra incumbencia. La naturaleza tiene sus ritos, a veces implacables. Pero dentro de aquella voracidad hay un equilibrio; todos se necesitan para sobrevivir, para sobrevivir todos comen. Nosotros aquí parados en el guano, sudorosos y claustrofóbicos maravillados por como se atragantan las víboras.

Kantemó es el pueblo de las serpientes colgantes. Las visitas en la cueva son la única actividad turística del municipio, pero llegamos en mala fecha. Hoy toda la atención de pueblo está con San Isidro Labrador, patrono de los agricultores (protector de las milpas). Nos quedamos a dormir en el lugar y a los cooperativistas se les olvida que estamos hospedado en el pueblo: “Disculpen, es que es la fiesta del santo”.

En nuestra primera noche en Kanemó les decimos que no tenemos dinero en efectivo, nos piden que no nos preocupemos que ellos esperan al día siguiente a que vayamos en coche al cajero más cercano. En ningún lugar de la Riviera Maya se nos confío algo así.

Por la mañana preguntamos si hay algún lugar en el que nos puedan vender desayunos, nos explican que no, todos están ocupados con San Isidro. Después nos invitan a desayunar pollo con mole a una casa. A nadie se le ocurre que esos alimentos nos los pudieron haber vendido -o quizá solo soy mal pensante-. En la fiesta patronal nos convidan tamales y nos invitan a la vaquería, donde hay concursos de jarana -ustedes no saben lo que es la elegancia-, sus corridas de toros y nos contemplan para sus cumbias de Sonora Dinamita.

Según el gobierno de México en este municipio el 55.7% de las personas son pobres y 25% son extremadamente pobres. No es raro ver a la gente con rifle, la cacería tradicional ayuda a aporrear el hambre.

La vida en la comunidad maya está lejos del ballet folclórico de la riviera. La gente anda con en huaraches y short. Hay que decirlo, nada de plumas, pinturas ni pirotecnia. Nada de brincos, gritos ni más plumas. Este pueblo vive acosado por la pobreza, lejos del escaparate del Caribe.

La cueva es un negocio que apenas marcha. Para no dañar la caverna y su ecosistema los ejidatarios solo permiten la entrada hasta diez y seis personas al día. Después de Xcaret no lo termino de entender, aquí hay una conciencia de que la naturaleza tiene un límite. A nadie se le ocurre atrapar una víbora para exhibirla en cautiverio o abrir rutas artificiales dentro de la cueva. Incluso, antes del recorrido nos advierten que la naturaleza cambia -con la luna, el clima, la temporada- y no siempre es posible ver a las serpientes colgantes.

Edgar papá nos dice que “un extranjero quería comprar la cueva, no se lo dejamos. Antiguamente el comisariado lo quería vender. Hasta ahorita no, no lo van a permitir por los socios. La cueva le pertenece a los ejidatarios”. Con la llegada del Tren Maya varios proyectos comunitarios se volvieron el objetivo de grandes desarrollos turísticos.

“Los espacios más codiciados para el desarrollo del turismo, forman parte de los territorios de comunidades étnicas, campesinas o rurales, sociedades que históricamente se reproducen en contextos de marginación, pobreza e inequidad económica, social y legal, y que por tanto suelen ser estructuralmente vulnerables a los embates que amenazan la propiedad o el control de sus tierras”, escribió el académico Gustavo Marín Guardado.

-¿Qué piensa del Tren Maya?, se le pregunta a Edgar

-A nosotros no nos cambia nada, está lejos. La estación más cercana está dos horas, en Valladolid, la otra está también a dos horas, en Felipe Carrillo Puerto.

En Kantemó cada socio recibe unos 800 pesos al año por las ganancias de la caverna. El negocio turístico es tan precario que los integrantes de la sociedad se salen solos. Edgar dice que la gente prefiere sembrar, “si no se van a trabajar ajeno”. La mayoría de los jóvenes parten a la Riviera Maya, como su hijo; “es parte de crecer”.

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