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LA HOMILÍA DE PATROCINIO

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LA HOMILÍA DE PATROCINIO

ÉDGAR HERNÁNDEZ RAMÍREZ

Patrocinio González Garrido, exsenador, exgobernador de Chiapas y exsecretario de Gobernación, es un animal político. Las reglas no escritas del sistema político mexicano aconsejaban que después de ejercer un alto encargo público, había que quedarse callado y esperar el juicio de la historia. Sin embargo, el retiro no es para el hijo del exgobernador Salomón González Blanco, una opción; va contra su naturaleza.

No acepta el ostracismo. Pese a negar que se inmiscuya en política, sabe que sus opiniones públicas tienen efecto y peso en esa parcela. Sabe que en la clase política y en el poder siempre hay oídos atentos a sus palabras. Conoce el impacto de los medios de comunicación y los utiliza para su propósito. Religiosamente, a través de ellos suele llamar a misa. En su homilía política, critica, analiza, juzga, pontifica, aconseja, se arrepiente, se excomulga, lava sus pecados, se defiende y ataca, protege su legado, se define y se reconstruye en el discurso. No escapa al humano deseo de trascender, en la tierra más que en el cielo. Así lo hizo en el gobierno de Juan Sabines Guerrero y en el de Manuel Velasco Coello. Tiene muchos detractores pero también feligreses en abundancia.

La última escaramuza lo retrató de cuerpo entero. Su pariente el gobernador Velasco, quiso en el declive de su sexenio, hacerle un reconocimiento institucional por el apoyo político que Patrocinio le dio en el crítico inicio de su gobierno. Pensó que la vía más prudente y legítima era hacerlo a través del Congreso otorgándole la Medalla “Miguel Álvarez del Toro”. Sin embargo, las reacciones a la entrega de la presea ambientalista, no tuvieron nada de ecológicas. Los demonios, que suelen tener el sueño ligero, despertaron.

La memoria de sus críticos se activó con virulencia. En las redes sociales, algunos periódicos y en un plantón frente al Congreso, le recordaron a González Garrido el asesinato de una decena de travestis y tres periodistas durante su gobierno (1988-1993). Pablo Salazar, el exgobernador, días antes en Twitter también cuestionó duramente la legitimidad del reconocimiento. A éste, Patrocinio le refrescó el caso de su título apócrifo de abogado y a los primeros –ya con la medalla colgada al cuello– los confrontó y los retó a que le comprobaran sus acusaciones.

No iba a permitir tan fácil que alguien opacara el brillo de su presea. A los pocos días, en un periódico local, sobre los travestis dijo que su enemigo político, Fernando Gutiérrez Barrios, se los había “sembrado” en Chiapas y que, quienes los habían asesinado, fueron hombres enfurecidos que en la intimidad descubrieron que no eran mujeres las que habían contratado para obtener servicios sexuales. Respecto a los periodistas, argumentó que era absurdo que se le acusara de su muerte cuando dos de ellos trabajaron en su gobierno y que las investigaciones arrojaron móvil pasional y asalto. Sobre el tercero, Roberto Mancilla, de plano dijo no acordarse.

Como colofón, retó a sus detractores a un debate público al que lleven sus pruebas y él las suyas para finiquitar de una vez por todas el asunto, o si no “como en las bodas de antes, que callemos para siempre”.

Está claro que el exgobernador Patrocinio González Garrido, padre de la futura titular de la Semarnat, tiene un arraigado deseo de trascender en lo personal y en lo político, y por su longevidad, una parte del juicio de la historia le ha tocado afrontarla en vida. Sabe que al “reino de Dios” no entraría por el ojo de una aguja y que la historia también se construye de percepciones, a las que intenta moldear con denuedo. Como los “aluxes”, quisiera parecer ni bueno ni malo, sino un hombre, un gobernante que actuó de buena fe y bajo firmes convicciones en las particulares circunstancias del estado y del país. Sin embargo, la selva de Palenque no es lo mismo que la selva política de Chiapas. Su naturaleza, en cualquier momento, le ordenará mostrar de nuevo los colmillos ante alguna amenaza.

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