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La “festivalitis”, los fraudes y los exorbitantes precios de conciertos en México

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Pie de Página

CIUDAD DE MÉXICO. – “México cuenta con cuatro de los festivales más taquilleros del mundo” comparte Julian Woodside, investigador y ensayista especializado en cultura, arte, medios y en la conformación de identidades y memorias colectivas. En un contexto de precios exorbitantes y denuncias a Ticketmaster platicamos con él, para entender qué está pasando detrás de las bambalinas de los grandes festivales de nuestro país.

Pero a pesar de tener festivales que venden mucho, vemos una ausencia de diversidad en los talentos que contratan. En cambio es visible el negocio que funciona para unos cuantos.

Los festivales en México, aunque se tenga en el recuerdo la politización y persecución de Avándaro, comenzaron siendo eventos publicitarios. El primer festival conocido en la historia fue la Caravana Corona, patrocinado por la cerveza Corona. Luego llegó Avandaro patrocinado por dos empresas automovilísticas y la cereza del pastel fue el Vive Latino, con el nacimiento de Ocesa que convirtió los eventos políticos de los noventas en Ciudad Universitaria en un negocio basado en conciertos de moda.

Los festivales en CU en apoyo al levantamiento zapatista visibilizaron que había una escena rentable: las masas que aman ver música en vivo, explica Woodside. Él lleva años analizando la “festivalitis” en México, concepto que apareció en redes sociales durante los años dos miles por el boom que había de tantos festivales.

El poder de Ocesa fue creciendo año con año, rodeándose de rumores sobre prácticas monopólicas, promotores que tienen pactos con gobiernos para acaparar espacios, de vínculos con revendedores, e incluso de influencers con revendedores, también rumores más oscuros como sabotajes a otras empresas que intentan entrar el negocio del boletaje.

Desde un poco antes de la pandemia ya se leían quejas de fraudes y sobreventa de boletos de Ticketmaster; pero fue durante el regreso a escenarios con conciertos como el de Bad Bunny que la empresa comenzó a estar en la mira de las autoridades.

“Esto es histórico, Disqueras que filtraban en piratería o en redes como Napster para monitorear que tanto se descargaba el disco para ver cuánto debería costar, si se empieza a descargar mucho entonces lo promueves más para hacer más giras” cuenta Woodside.

Esta semana la cámara de diputados, con 24 votos a favor y 11 en contra, se aprobó un dictamen que establece que en caso de cancelación de un evento se deberá regresar el 100 por ciento del costo del boleto al consumidor, incluyendo el cobro por servicio y los cargos. También se agregó una multa para quien acapare y revenda boletos.

¿Qué está pasando con Ticketmaster?
Ocesa, empresa a la que pertenece la marca boletera, fue vendida a Live Nation durante la pandemia.

“Hay que entender que ahorita una parte importante de Ocesa está funcionando bajo una lógica global. Mucho del vínculo de Peso Pluma con Coachella tuvo que ver con Live Nation. A partir de eso Ocesa ya está en la mira de múltiples eventos” explica Woodside.

–¿Y está urgencia por salir de la virtualidad, realmente los conciertos en vivo nos acercan?

Con el regreso a los foros hay una cantidad grandísima de conciertos y con ellos también un burn out entre los que trabajan para que estos sucedan. Se han cancelado giras por agotamiento y se está volteando a ver la salud mental pero la crisis monetaria tiene a la industria en un agotamiento que crece.

“La cantidad de eventos que hay cada semana es impresionante pero no es sano. Mucha oferta genera ansiedad, ¿y qué tan sostenible es esto cuando hay una guerra, agotamiento colectivo y estamos a dos de una crisis global. Estamos saturando el entretenimiento pero no nos estamos vinculando igual que antes. Lo que he estado percibiendo es que en la industria dicen ya paremos pero no hay dinero, estamos trabajando más pero estamos más precarizados, es como un gaslighting colectivo” expone el investigador.

Pagar por experiencias
-Y los precios exorbitantes, ¿de dónde salen?

Los festivales explican que los precios tienen que ver con los gastos de organización y los impuestos, también el costo de los talentos internacionales que están contratando. En contraste la paga que se le da a un empleado que trabaja ocho horas durante el festival es de mil a mil 500 pesos.

Una anotación que hace Woodside sobre los precios es que existen porque la gente los está comprando y las zonas, la existencia de una zona VIP, como experiencias complementarias que la gente está pagando y que se vuelven una forma de clasismo al interior del festival.

Además el tema de las fases es un tanto abusivo, cuenta Woodside: “lo de las fases se me hace desleal, puede coquetear con publicidad engañosa porque te generan una inseguridad porque “después van a estar caros” expresa y lo compara con una bonita metáfora de consumo, como es ir al súper y comprar tres bolsas de arroz en descuento aunque sólo necesites una.

Pero el incremento de precios no viene sólo de hacer un negocio, también es parte de un contexto mundial:

“Es bien importante poner sobre la mesa que todo ha subido de precio. En la crisis energética el transporte de un artista que está de gira es más costoso. No es arbitrario, el consumo de insumos, la compra de equipo… Hay testimonios de gente que decían no recibir baquetas para bateristas. En general se volvió todo más caro con la pandemia y no van a bajar esos precios” cuenta el investigador.

Formar audiencias críticas
-¿Y entonces por qué no apostar por talentos locales?

Si bien no se trata de no tener talento internacional para el investigador musical es importante apostar por la diversidad de contenidos, entender que es entretenimiento pero tiene un lado político, tiene que ver con qué discursos validamos y con identidad.

“Hay festivales que se plantean latinos pero no meten a headliners (artistas principales) de reggaeton o no escuchamos muchas expresiones en lenguas, hay una brecha de género… si vemos los listados de la última época han sido dominado por las mujeres y no vemos eso en los carteles de festivales, mucho menos de comunidades afros, indígenas, no binaries. Hay que diversificar y ver que no solo se trata de gustos sino de identidades y por lo tanto hay política detrás” cuenta.

-¿Y cómo nos volvemos audiencias más críticas?

“Es fundamental desarrollar un consumo crítico. No punitivo. Hay que escuchar, consumir y reproducir críticamente. Hay que redirigir la mirada, normalmente tomamos como chivo expiatorio al público pero hay que entender la curaduría con su clasicismo y racismo.

No se trata de caer en un nacionalismo pero si le va mejor a un artista local que a un extranjero va a abrir un derrame económico, se promueve una circularidad. Hay que cambiar el paradigma de entender que somos parte de una industria y todas estos acercamientos colonialistas afectan a la circularidad y el flujo orgánico de esta industria, cada acción influye. Que lo mexicano no vende es mentira, ahorita el artista más famoso del mundo es mexicano” recuerda Woodside.

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