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Flores y luz iluminaron el adiós zoque de don Tino

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Por Karla Gómez

Pasando el mediodía, Florentino Martínez Reyes había recibido rezos. Los ecos del Ave María y Padre Nuestro eran constantes. Las frases de las oraciones eran repetidas con llantos y balbuceos por personas que se encontraban en la sala donde la primavera llegó en el mes de septiembre.
Fueron horas de flores y luz. Una fotografía en blanco y negro colocada en el altar, resumía los recuerdos que se tienen de él: parado en un espacio de la Ermita del Cerrito Manuel Salvador del Mundo, hace aproximadamente 10 años.

El ritmo de la jarana rompió con el ambiente lúgubre, con el silencio de la casa grande de paredes verdes. Don Benito y don Cecilio, jaraneros de la comunidad zoque de Tuxtla Gutiérrez, llegaron con la mayordomía a la casa de don Florentino Martínez Reyes, quien falleció el 2 de septiembre.
Detrás de ellos: hombres, mujeres y jóvenes, integrantes de esta comunidad, los siguieron, entraron a ese hogar en donde vivió el albacea que le sirvió alrededor de 20 años a la priostería.
El humo que salía del sahumerio, hacía creer que después de la puerta, él había construido un pequeño cielo, uno en donde sus amigos, familiares e integrantes de la mayordomía y priostería lo verían por última vez; en donde daría tiempo de evocar recuerdos frente a su presencia, aunque no contestara, aunque sólo guardara las diversas capas de voces que lo acompañaron desde que dejó Copainalá para radicar en Tuxtla Gutiérrez, lugar donde formó un hogar y procreó hijos.

La muerte transformó al día de otro color. El lapso del tiempo fue más pausado, aunque la aguja del reloj girara y el sol se trasladara como otras mañanas. Ahí el cuerpo pesaba, los ojos pesaban, el llanto no dejaba de crecer y resbalarse.
─María Santísima del Rosario, Jesús Sacramento, señor San Pascual Bailón Camposanto dichoso, Señor San Marcos patrón […] Aquí está tu mayordomía, aunque es una representación nada más, estamos aquí, dándote tu último regalo, que es tu flor, dándote tu último adiós, como te mereces, como albacea de la priostería de la ermita El Cerrito ─decía con firmeza el albacea de la mayordomía, Manuel Teco, quien compartió que don Tino entregó su servicio a la comunidad y por tal razón le dieron el último adiós con las velas, con la luz que lo va a iluminar en este recorrido.
Florentino se acompañaba de un bastón. Casi siempre usaba camisas manga larga, tenía la cara blanda y una voz que aún atizaba el espíritu de quien lo oía. En cada celebración de la priostería él se encontraba para dirigir y verificar que todo se hiciera de acuerdo al costumbre.
Antes de dar respuesta a una pregunta, se quedaba quieto, reunía todas las palabras, todas las enseñanzas de sus antecesores para explicar y comunicar el mundo zoque.
Sin embargo, para la comunidad zoque, para quienes han sido floreados y han desempeñados cargos de la madre santísima como don Tino, se cree que quien muere va al paraíso.

“Se ha sabido que al fallecer se va al cielo y todos sus antecesores los reciben con sahumerio. Como se le ha dado el Joyostoc, una insignia que indica que él sirvió al costumbre, por lo que ahí le darán su lugar y será recibido por todos los que fueron autoridad: Paulino Jonapá, Pedro Napabé, Jesús Chandoquí, José Chacón y José Consospó…”, mencionó Juan Ramón Álvarez Vázquez.
La muerte, entonces, se convierte en un imaginario en donde la persona descansa y goza todo lo que hizo en vida, sobre todo si fue floreado. En ese lugar recibe un reconocimiento de la comunidad, refirió Álvarez Vázquez, también maestro de baile.
Ahora Francisco Ruiz Velasco será el albacea de la priostería, procurará que todo se haga de acuerdo al costumbre, a la tradición; un cargo –manifiesta– con responsabilidad pero que hará con compromiso.
La jarana también lloraba a la caricia de sus cuerdas. Don Benito y don Cecilio movían las manos, sonorizaban la atmósfera, le rendían honores al recién fallecido, al señor de la cara blanda. Pozol de cacao y algunos tragos eran degustados por las personas que asistían a dar el último adiós, el pésame. La mayoría permanecía sentado y platicaba; en otros momentos un suspiro o lágrimas se deslizaban por la cara. La oralidad predominaba en esa casa que velaba a una autoridad de la comunidad zoque.

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