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El vals del adiós

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Oscar Palacios

Mis hijos dicen que es una locura. Pero soy el sueño de setenta años ¿Es bueno volver atrás? Sólo somos memoria. El ahora se tiñe de sombras. Aún tengo anhelos, como el de ver hundido al compañero de la secundaria que violentaba mi tímido estar adolescente. Viejo dolor que nunca se ausentó. Tal vez quiera huir de mí. El tiempo se fugó entre los estudios, el trabajo, la investigación, la familia.

— Papá, ya no eres un muchacho para irte de mochilero sin rumbo fijo.

Vete en tu auto, que te acompañe el chofer.

Y aquí voy, en este autobús que me lleva a Juchitán. La hora gris anuncia que la noche ha llegado. Se asoma en el cielo un enjambre de estrellas que han huido de las ciudades y hoy se refugian en las montañas y los pueblos. Se me impone un recuerdo. Cuando viajábamos de la ciudad de México a Tuxtla. El chofer del autobús, al pasar por Tehuantepec, disminuía la velocidad para que observáramos a las mujeres lavando o bañándose en el río con los senos libres de prejuicios.

— Abuelo, ¿y no te has imaginado que podría estar muerta?

— No seas ave del mal agüero y averigua en Internet.

— ¿Cómo dices que se llama?

— Lola Meneses

— Dame más datos que Lolas Meneses hay cientos.

— Debe tener más o menos 65 años.

— Eres viudo, podrías tener una novia más joven.

— Enfermera, originaria de Juchitán, trabajaba en el Hospital Civil. Morena, de uno sesenta y cinco de estatura y con un lunar junto a la boca.

— Ahora entiendo por qué siempre tarareas cielito lindo Jajaja ¿Algo más? Sus padres…

— Amilcar Meneses y Lola Matuz.

El mundo se comunica más rápido y con menos sustancia. Mi nieto habla sobre la maravilla del feisbuc, del tuiter, del chateo y toda esa parafernalia ¡Lola Meneses seguía viviendo en Juchitán! Una sobrina había contactado con mi nieto y pasó los datos…

Al bajar del autobús y abordar el taxi para dirigirme al hotel, se quebrantó mi ánimo. Pero La Martiniana surgió de la radio y me llevó hacia aquellos días del tequio, las velas, las mushes, una boda de ollas rotas y virginidades certificadas. Un mundo de olores, colores, sabores, sonidos, la vida plena de mis veintidós años.

Llamé. Ella abrió. Nos observamos perplejos. Extendió la mano señalándome el sofá. Dibujó una sonrisa y rompió el silencio. Hablamos de la salud, el tiempo, los cambios en el pueblo, la familia, el trabajo. Me sirvió una taza de café. Con ojos expectantes me espetó:

— Desde que supe que vendrías no he tenido reposo. Ignoro por qué estás aquí después de tantos años. Son más de cuarenta. Sólo has removido tiempos perdidos, dolorosos. Un adiós con heridas…

— Ese pasado muerto está. Quería saber de ti. Te amé más allá de la razón.

— Calentura de jóvenes.

— Estaba por concluir la carrera y cuando vine a buscarte aquel día fue para decirte que fueras mi esposa.

— Ni siquiera te di tiempo y te lancé aquella parrafada sobre la confusión de los sentimientos.

— Heriste mi hombría

–O tu machismo

— Lo que fuera, pero en aquellos tiempos tan llenos de tabúes saber que una mujer me robaba a la mujer que amaba, me lastimó.

— Te amaba pero fue más fuerte lo otro. Merecías la verdad.

— Remover eso no es el motivo de mi visita.

–¿…?

— Quería saber si valió la pena.

— No existe la felicidad perpetua pero podemos ser felices. En ese entonces imagino que lo fui. Estuvimos juntas diez años. Ella murió en un accidente automovilístico. Después intenté vivir con un hombre. No funcionó. Pude conseguir otra pareja pero no lo hice. Aquí me tienes, envejeciendo sin remordimientos.

–¿Qué habría pasado si te hubieras casado conmigo?

–Sabes bien que pensar en los hubiera es una tontería. No fue y punto.

— Falta algo más por decirnos

— De mi parte no. Si estás aquí es porque me perdonaste. Te tuve un gran cariño.

— No hay nada que perdonar. El tiempo me enseñó que la naturaleza humana se expresa de distintas maneras y que hay que aprender a respetar.

— Sólo nos queda decir adiós otra vez.

— Por nuestra edad será el definitivo.

Nos abrazamos. Caminé con la ternura de su beso. Unos sones istmeños encendían los recuerdos ¿Tiene sentido escarbar en el pasado? Lo dice Neruda: nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Me sumí en la duda. No decidía si viajar a la ciudad de Oaxaca o irme directo a Tenochtitlán. Eludí Oaxaca, la vieja Antequera, testigo de los días que siguieron a la ruptura con Lola, cuando me refugié en el alcohol, bajo el

volcán de la depresión, deseando desaparecer del planeta. Me detuvieron. Escándalo en la vía pública, dijeron, que me llevó a la cárcel a soportar la cruda más amarga de mi vida. Fue cuando llegó el rescate de Arturo Reséndiz, amigo, compañero de escuela con quien compartía cuarto. Un pariente que vivía en la ciudad gestionó mi liberación y me llevó a la Terminal para que retornara a la ciudad de México.

Arturo Reséndiz fue un estudiante que andaba de fiesta en fiesta. Tenía una memoria extraordinaria. Mientras yo era machetero, a él le bastaba una lectura para presentar el examen y aprobarlo. Norteño, atractivo, dicharachero y, lo mejor, solidario. Nos conocimos desde el primer año de medicina. Estuvimos juntos hasta concluir la carrera. Ahora, al entrar en su departamento de la Colonia Roma, sentí que el tiempo nos había aplastado. Dos años menor que yo, caminaba lento, medio encorvado, arrugas a granel, ojos abotagados, mirada llena de incertidumbre. Me sonrió y extendió los brazos.

–¡Vaya sorpresa!—exclamó- ¿qué vientos te trajeron hasta aquí?

n Tiene tiempo que deseaba verte, sólo que tu esposa…

— Lo sé, le pedí que se asegurara de alejar a los amigos para no comprometerlos.

¿Y cómo estás?

Estas ruinas que ves…

No es para tanto.

Nada de cortesías, estoy acabado. En cambio tú, mírate, eres todo un galán otoñal.

Las apariencias engañan

Pues la mía no, pero qué le vamos a hacer.

No podré pagarte lo que hiciste por mí.

No jodas, para eso son los amigos. Supongo que te refieres al favorcito de juventud.

Exactamente.

Sabes el desmadre que fui. Me preocupó tu desaparición. Improvisé. Si no presentabas ese examen para la beca en el extranjero se derrumbaban todos tus proyectos. Conseguí una credencial con mi foto, tu nombre. Me dije, lo más que puede pasar es que repruebe o que entre los sinodales haya un maestro conocido y nos corran a los dos. Todo salió perfecto.

— Eso decidió mi vida, mi futuro, todo.

En cuanto a sacarte del bote fue fácil. Se pagó la multa. Le dije a mi pariente: si no quiere subirse al autobús, lo amarras y lo traes. A propósito, no supe porqué terminaste con Lola.

Vengo de visitarla. Está en Juchitán.

¡En serio?, Andas en gira de despedida, sientes el frío de la parca.

Sólo saber lo que ha sido de nosotros. Tú, por ejemplo, ¿has sido feliz?

¿Qué es la felicidad? ¿Cuál es la felicidad de un filósofo?, ¿pensar en la inmortalidad del cangrejo?, ¿de un escritor?, ¿que lo lean?, ¿de un actor? ¿que lo aplaudan? Leí por ahí que la felicidad es hacer lo que uno quiera. Entonces habrá de preguntarse ¿Has hecho lo que querías? Yo me quedo con la felicidad de estar vivo y nada más.

A pesar de lo que te pasó

Fue una decisión equivocada pero asumo la responsabilidad

Cuéntame

Cuando terminamos la carrera te fuiste al extranjero, regresaste, te instalaste en tu ciudad, prosperaste, obtuviste reconocimientos por tus investigaciones. Volví a Ciudad Victoria, puse mi consultorio, me casé con la novia de toda la vida. Las cosas marchaban bien. Una noche, cuando terminé las consultas, llegaron dos hombres, dejaron ver sus armas. Uno de ellos me dijo: “esto no es un secuestro, necesitamos una consulta a domicilio, el hijo del jefe fue herido de bala. Lleve los instrumentos y medicinas que pueda necesitar”. Abordé una camioneta negra. Llegamos a una residencia rodeada de altas bardas. Varios hombres custodiaban el lugar. En una de las recámaras yacía un joven con el abdomen sangrando. A su lado, una mujer trataba de detener la hemorragia. Una voz grave, me dijo: “sálvelo y pídame lo que quiera”. La penumbra dibujó el rostro de un hombre como de cincuenta años, demacrado. Sería mejor llevarlo a un hospital. No, dijo, sería muy complicado. Haga lo que tenga que hacer. La enfermera lo puede ayudar. Pedí que salieran todos. El hombre mayor permaneció sentado, inmutable. Observé que la bala había atravesado en sedal sin tocar ningún órgano vital. Limpié y suturé la herida. Necesitamos sangre, dije, ¿saben el tipo? Sí, dijo el hombre. Se levantó para dar instrucciones. Aproveché para pedir los medicamentos correspondientes. Luego todo fue cuestión de esperar. Hágame el favor de quedarse para vigilarlo esta noche, pidió cortés el hombre. Debo llamar a mi esposa, dije. Asintió. Fui escueto en la llamada: surgió una emergencia y no sé la hora en que llegue. Duérmete, todo está bien.

Por la mañana, los signos vitales estaban normales. El joven, suplicaba el perdón a su padre. Di instrucciones a la enfermera y solicité que me llevaran a mi consultorio. El hombre repitió: me ha devuelto la vida. Pida lo que quiera. No es el momento, dije, por ahora todo va bien. Creo que así seguirá. Si surgiera algún imprevisto llame. Volveré a medio día para checarlo.

Así comenzó mi amistad con Luciano Bermejo, el próspero ganadero. No hice caso de habladurías y me convertí en el médico familiar y de todos sus empleados. Era generoso. El dinero me llegaba a manos llenas y fui perdiendo la perspectiva. Construí la clínica con un equipo de punta. El dinero fácil aniquila nuestra capacidad de raciocinio. En diez años logré tener un capital que de otra forma no hubiera logrado en toda la vida. Hasta que llegó el golpe. Luciano Bermejo resultó ser un capo importante y lo detuvieron.

–Pudiste argumentar que sólo cumplías con tu profesión

Y así fue, en algo ayudó decirles que un médico no anda investigando a qué se dedican sus pacientes. Creo que ya me traían en la mira, los federales no buscan quién la hace sino quién la paga. O ve tú a saber sino algún celo profesional incidió.

No te quitaron la clínica.

Todo está a nombre de los socios. Por más que los presionaron, los colegas se mantuvieron firmes: yo era un médico más.

¿Y la cárcel? Me dolió mucho saber que no permitías visitas. Quise venir…

Envié a mi esposa e hijos a la ciudad de México y pedí a los amigos que no vinieran. No quería que los involucraran.

Pero, ¡diez años, por dios!

Fueron seis, me dejaron salir antes por comportadito. El reclusorio es un submundo, un espacio donde aflora lo peor de la naturaleza humana. Fue una experiencia amarga que quieras o no te deja hondas cicatrices. Me ayudó a no derrumbarme que me permitieran seguir ejerciendo dentro del penal. Eso me ganó el respeto de las mafias que controlan la vida carcelaria.

Y ahora qué, ¿te consumirás en este departamento?

Para lo que nos queda.

Por eso mismo, es la última etapa y hay que vivirla con dignidad. La vejez es un estado de ánimo. Puedes seguir en la lucha o sentarte en un sillón a tejer tus frustraciones.

Tú mismo andas buscando respuestas. ¿Qué haces aquí? Estás tratando de sentir lo que fuimos en la juventud y eso se llama nostalgia. La vida nos puso enfrente varios caminos. Algunos nos equivocamos, otros siguieron sin complicaciones. Lola, yo, ¿quién más sigue? ¿No sería más productivo que hablaras contigo mismo?

Quizás tengas razón.

No creas, tampoco lo sé. Estoy embrollado. Mi mujer se pasa largas temporadas con sus padres. A mis hijos los veo cada muerte de un obispo. Creo que me iré al pueblo más lejano a prestar mis servicios, ayudar a quienes lo necesitan. Hacer lo que siempre hemos hecho, ponerle topes a la muerte para que se retrase un poco.

Vente a mi tierra, al sur profundo, podrías…

Te lo agradezco, pero no. Bastaría ver a diario el porte que conservas y mirar mi cuerpo en decadencia. El cuerpo refleja la derrota del alma.

¿Nada puedo hacer?

Nada, solamente darme un abrazo y decirme adiós.

No estaba en mi itinerario pero sentí que algo me llamaba. Después de volver a ver a Lola y Arturo, la búsqueda me había llevado hacia un abismo de preguntas cuyas respuestas ya no quería escuchar. Si había elegido viajar en autobús fue porque el paisaje también forma parte del edificio emocional que nos construye. Ahora venía distraído y sólo volví a la realidad cuando divisé la hermosa bahía de Acapulco.

Y aquí me tienes, Carmela. Tú fuiste el impulso que me trajo de vuelta. Sé que ya no te puedo decir frente a frente lo que debí decirte en el pasado. Sé que todo ha cambiado y ni el hotel “Papagayo”, donde pasamos nuestra luna de miel hace cuarenta años, existe. Altos edificios, mayor ajetreo, violencia y, sin embargo, ahí están Caleta y Caletilla, La Quebrada, Condesa, Hornos y las puestas de sol en Pie de la Cuesta que supieron de nuestros pasos, del amor único que llegó a mi vida. Me siento huérfano de sol y mar. Ya no está el cristal diáfano de tu risa. Ya no está ese aire, germen de fruto que se cobijaba entre mi sombra. Dónde están aquellas plácidas auroras. Soy un superviviente del naufragio en este mar indomable de la vida.

Nunca te lo dije, pero cuando te conocí cerré el ciclo del temor de un nuevo fracaso después de Lola. Ocho años para recuperarme de ese golpe absurdo y de pronto emergió tu presencia con la frescura de tus veinte años y no lo pensé más, me entregué a ti con la pasión que había ignorado. No sólo modelaste una familia, sino que me acompañaste en mi profesión, con tu apoyo en las traducciones, con tus silencios ante los horarios asfixiantes que no nos permitían disfrutar de las cosas simples de la vida. Hoy me duele no haberte dicho que tu ternura y comprensión, fueron mi sostén. Me alejé de mi profesión por el dolor de no haber podido hacer nada, ni yo ni nadie, para detener el cáncer que me separó de ti. Derramé en silencio, lágrimas que parecían acudir de todos los siglos y durante largo tiempo las noches de insomnio vieron la llegada indiferente del alba.

Me sorprendió tu llamada pidiéndome que viniera por ti al aeropuerto.

¿Y qué, contactaste con alguien?

Sí, con dos, porque la tercera siempre estará conmigo.

¿Se puede saber quién es?

Sí, tu madre.

Y aquí estoy, Carmela, de vuelta en nuestro hogar, en esta casa donde compartimos las lentas soledades, las dulces compañías. Este espacio que sabe de todas las pequeñas y grandes cosas que vivimos. Aquí abrazamos sueños con amigos y familia. Aquí nos aferramos a la esperanza. Aquí naufragamos en las desilusiones.

Aquí construimos castillos de arena. Aquí supimos del claroscuro del alma de la naturaleza humana.

Di marcha atrás en ese intento de volver al pasado porque dos experiencias bastaron para comprender que en la vida no hay vuelta de hoja. Las personas llegan, están, se van y uno debe seguir adelante. Que la vida no es más que una larga cadena de adioses. Sin darnos cuenta decimos adiós a la infancia, a la juventud, al amor, al sexo, a los amigos. En este ilimitado vals del adiós, sólo esperamos develar – en honda soledad–, el misterio último: la muerte.

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