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Alados recuerdos

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CITLALLI MOLINA

Cuenta mi madre de una vez, hace mucho tiempo, cuando el abuelo ya no tuvo qué dar de comer a sus catorce hijos, y entonces osó alterar los ciclos de la naturaleza. No era tiempo de agua, dice, porque en época de lluvia siempre hay qué comer; “entonces todo estaba seco y teníamos hambre; el viejo cogió su azadón y su pala, y dijo decidido: voy a sacar nucú”. Detrás de la casa, justo debajo de los árboles de mango, cavó profundo una zanja que ese día fue forzada a revelar su secreto y que después permaneció abierta durante mucho tiempo, quizá porque taparla hubiera significado para el abuelo ocultar la evidencia de una falta, y él no quería esconder lo que en el límite de otra falta había decidido con voluntad, con coraje. Tal vez la zanja sigue intacta en la memoria de mi madre, porque de ahí vio brotar la bonanza, y con ella confrontó su primer desconsuelo de niña; o tal vez la zanja no era ni tan grande ni tan zanja, pero se hizo honda para contener la sorpresa de contarme. “Me acuerdo que esa vez comimos todos, y estábamos felices…”.

Pero en tiempo de agua era otra cosa, cuando la palomilla (surupic) anunciaba la llegada del nucú lo velaban desde temprano; con la última luz de la tarde localizaban los hormigueros y hacían guardia esperando el momento en que la primera reina alada emergiera impulsada por un grupo de cuatro o cinco obreras que con gran trabajo la despedían del nido; pero solo los primeros brotes eran visibles, el resto de la cacería se realizaba casi a oscuras, con la luz de la luna como única aliada; y  entre mordidas, desvelo y el frío de la madrugada, la mañana arrojaba el saldo rojo en el cuerpo y el blanco dentro de costales de ixtle que luego se vaciaban en grandes depósitos de agua salada, y el día era fiesta y resaca, abundancia y profanación.

Mientras me cuenta, mi madre desmiembra una reina entre sus dedos, por acá una pata y otra, después un ala y las tenazas ya inermes del insecto, pero prestas a la defensa; veinte veces repite el proceso a veces seguido de la protesta por el pinchazo en la yema del dedo. Ahora que todo es más fácil, dice, porque el nucú se arremolina en los focos de la calle, resulta que ya no sale como antes. “Me paré temprano y levanté veinte nucús, y si descuento los vientos, que no se comen, deben quedar como quince”.

Pero no todos corren la misma suerte; quienes se dedican al comercio de la hormiga chicatana, por lo general conocen los tiempos y modos del ritual de apareamiento y todavía velan por las noches la salida de los nidos, tienden fuentes de luz artificial a modo de trampas, con escobas forman montones que levantan con recogedores, y colocan cuencos de agua salada bajo las mismas para facilitar la captura y muerte de los insectos. El fuego enrojece las planchas sobre las cuales, a sacudidas intermitentes, las reinas se ven despojadas del vestido nupcial. Adiós al encanto real. Cada reina se ve reducida a un par de globitos azabache apenas conectados por el centro, con las patas y las tenazas contraídas, y ese rasgo de indefensión es el mismo que potencia la metamorfosis del insecto en manjar de dioses.

La colecta no es la de antes, pero en los mercados, las cubetas ostentan su contenido y en recipientes de distintas dimensiones, con uno u otro término, los vendedores tasan el valor de su producto: tzim-tzim $50, chicatana $100, nokú $150… zompopo $300… ¿La cubeta completa? Yo se la pongo en 3 mil… Y de a poco o mucho, es siempre negocio seguro, porque en la mesa, entero o molido, en taco, quesadilla, sope, tamal y hasta pizza, es manjar irrenunciable.

Cuenta una leyenda que el nucú es hormiga que crece bajo el suelo de los panteones, que se alimenta de los cadáveres y emerge a la superficie para poner en contacto a vivos y muertos; pero lo que es leyenda que en leyenda quede. Lo cierto es que algo de lejos trae el aroma del nucú, y congrega y hace hablar; algo de infancia, de tierra fértil, porque cada reina, se sabe ahora, emerge a la superficie la noche del vuelo nupcial con alrededor de veinte años de edad o más, y ha dejado ya dentro del nido cientos de hijos preparando el próximo ritual. Algo de eso sabía el abuelo, aunque no aprendió a leer, y aquel día arrancó de tajo un tesoro de infancia y lo puso como palabra en la boca de cada uno de sus catorce hijos, para que un día pudieran contarlo.

 

Foto: ororadio.com.mx

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